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Antes de nuestra primera aventura en grupo, me preocupaba algo que tenía poco que ver con la experiencia en sí: que termináramos arruinándonos las vacaciones que tanto habíamos imaginado. Suena drástico, pero era la principal duda que tenía.
Flo, mi esposa, y yo habíamos elegido hacer el Tour du Mont Blanc con una agencia. Nos esperaban diez días de caminata con personas que no conocíamos. Considero que somos seres bastante sociables, pero estaba acostumbrado a hacer este tipo de actividades por mi cuenta o con algún amigo. Compartir el viaje con un grupo era algo nuevo.
Tenía dudas sobre la preparación, el ritmo y la convivencia. Pero había otra que me costaba más explicar: ¿la aventura se sentiría menos auténtica por hacerla en grupo?
Después de aquel viaje hicimos muchas otras aventuras grupales. Lo que encontré al compartir el camino con esas personas se convirtió en una de las razones para volver a elegir ese formato.

¿Y si no era lo que buscábamos?
Algunas de mis dudas eran bastante concretas.
¿Estaba preparado para seguir el ritmo del grupo? ¿Tendríamos todos un nivel parecido? ¿Qué pasaría si quería caminar a un ritmo distinto?
Otras tenían que ver con cómo me iba a sentir. Una cosa era salir con alguien que ya conocía y otra era compartir varios días con personas con las que todavía no había cruzado una palabra.
Y estaba la imagen que yo tenía de un tour. Me preocupaba que organizar la aventura de esa manera le quitara algo de lo que disfrutaba cuando viajaba por mi cuenta.
Eso era un prejuicio mío, antes de haber probado la experiencia. Pero, en ese momento, pesaba. Habíamos elegido pasar nuestras vacaciones así y queríamos disfrutar de ese tiempo juntos.
Nos conocimos en un estacionamiento
El primer encuentro fue al comienzo del primer día de trekking, en un estacionamiento.
Llegaron personas de Francia, Brasil y Canadá. Nosotros veníamos de Uruguay. Había amigos que viajaban juntos, personas que habían llegado solas y una madre con su hija.
Para Flo y para mí, llegar acompañados seguramente hacía esa primera situación distinta de llegar solo. Teníamos a alguien conocido al lado. No puedo hablar por quienes estaban allí sin conocer a nadie, pero sí recuerdo el gran trabajo del guía y de los dueños de la agencia, que estaban presentes, en asegurarse que el primer encuentro fuese agradable y entretenido.
Mientras revisábamos el equipo y nos preparábamos para salir, organizaron las presentaciones. Ese primer encuentro tuvo algo muy sencillo: conocer a las personas con las que íbamos a caminar, mientras nos ocupábamos de preparar el día.
La aventura empezaba ahí, con un grupo que todavía tenía todo por conocerse.

El idioma también era parte de la experiencia
Si bien por el grupo de WhatsApp sabíamos que casi todos hablaban francés, nos preocupó un poco la primera impresión cuando todos empezaron a interactuar con fluidez en un idioma casi desconocido para nosotros.
El guía sabía suficiente inglés para comunicarse con quienes no hablábamos francés, pero esa diferencia estaba ahí.
Era una persona muy simpática y puso mucho esfuerzo en contarnos el recorrido y la cultura de los lugares por los que pasábamos, tanto a los franceses como a los demás.
Recuerdo y valoro ese esfuerzo porque poder aprender de él era parte de lo que buscábamos en el viaje, y se ocupó de compartirlo con nosotros.
Las conversaciones fueron apareciendo
No recuerdo un momento exacto en el que dejé de sentirme un desconocido dentro del grupo.
Creo que las primeras horas fueron más silenciosas que las últimas. Posiblemente eso se explique por la falta de aire en la primera subida, pero también por la falta de confianza. Caminando, uno va conociendo a las personas de a poco. No se siente la misma presión que en una conversación social en un bar, donde parece que hay que encontrar algo que decir.
Tuvimos tiempo para conocernos.
El grupo se fue armando de a poco. Con algunas personas encontrábamos más cosas en común y las conversaciones empezaban por ahí. Flo y yo nos acercamos más a Jenny, la chica de Brasil. Entre los franceses y los de Quebec aparecían bromas por el acento. A medida que nos íbamos soltando, surgían charlas sobre gastronomía, entre quienes disfrutaban correr o entre los amantes de la fotografía.
También había algo que yo llevaba conmigo y que nadie del grupo sabía. Había salido de Uruguay con un anillo para pedirle matrimonio a Flo. Durante tres días de caminatas estuvo escondido en un bolsillo de la mochila de trekking. Cualquier parecido con Frodo es pura coincidencia.
Pasando el Col du Bonhomme encontramos nuestro momento. Acabábamos de superar un paso de nieve complejo, algo nuevo para nosotros. El grupo iba unos metros más adelante. Bromeando, le dije a Flo que se le había caído algo de la mochila.
Ahí le pedí matrimonio.

Antes de salir me había preguntado si viajar con un grupo nos iba a dejar espacio para vivir una experiencia propia. Ese momento fue de los dos, aunque nuestros compañeros estuvieran apenas unos metros más adelante.
Cuando llegamos al hotel donde nos quedábamos esa noche, los demás se enteraron. La reacción fue una locura de alegría. El hotel nos invitó el vino de esa noche para todo el grupo.

Habíamos tenido nuestro momento a solas y, unas horas después, lo estábamos celebrando con quienes tres días antes eran prácticamente desconocidos.
Lo que miraría antes de volver a elegir
En otras aventuras he vivido primeras reuniones distintas, incluso encuentros en los días previos a salir. A partir de esas experiencias, valoro mucho cómo una agencia prepara ese comienzo y ayuda a que las personas se conozcan.
Esa primera presentación también es algo en lo que estamos trabajando en Outpass. La vista de preparación del viaje incluye una forma de conocer de antemano quiénes forman parte del grupo. Si bien esta funcionalidad no está disponible en todos los viajes aún, compartimos un adelanto de cómo se ve.

Hoy, después del Tour du Mont Blanc y de algunas aventuras más, animaría a quien esté considerando un viaje en grupo a explorar esa posibilidad. Tanto si piensa ir con su pareja o con un amigo como si está pensando en ir solo.
Si te gustaría compartirlo con alguien conocido, en Outpass puedes ver qué destinos y aventuras les interesan a tus amigos a través de sus listas. Encontrar un interés en común puede darte un motivo para escribirle a alguien y proponerle un viaje. Quizá ya hay una persona que conoces con ganas de hacer esa misma aventura.

Para nosotros fue importante investigar bien las agencias: entender qué tipo de viajes hacían y buscar una propuesta que se pareciera a la experiencia que queríamos vivir.
Esa es la parte a la que volvería a dedicar tiempo.
Además del recorrido, preguntaría cómo se organiza el grupo, qué ritmo se espera y en qué idioma se comparte la experiencia. Son preguntas que nacen de las dudas que tenía entonces. En parte por eso construimos Outpass para ayudar a responderlas.
